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(RV).- “Papa te queremos y queremos que siempre estés aquí para que nos cuides”, es el tierno mensaje de una niña cubana a Francisco durante la misa celebrada en La Habana.  Ella junto con otros fieles son de los muchos que han seguido al Santo Padre en todos los encuentros que ha habido en la capital cubana. “Hemos estado siguiendo a Francisco todo el día y ahora vamos al encuentro con los jóvenes, vamos a hacer todo lo que él nos diga”, asegura una fiel del país. Además, también llegados desde Colombia y de otros países de Latinoamérica, los peregrinos cuentan al enviado de Radio Vaticana el jesuita Guillermo Ortiz, sus emociones y experiencias en la isla durante el X viaje Internacional del Papa.

(RV).- Última jornada del Papa Francisco en Cuba. La mañana del martes en su homilía en el Santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre, el Obispo de Roma resaltó que la patria cubana nació y creció al calor de la devoción a la Virgen de la Caridad dando una forma propia y especial al alma cubana, “suscitando los mejores ideales de amor a Dios, a la familia y a la Patria en el corazón de los cubanos”. El Santo Padre recordó más adelante que “ni las desgracias ni las penurias lograron apagar la fe y el amor que el pueblo profesa a esa Virgen, sino que, en las mayores vicisitudes de la vida, cuando más cercana estaba la muerte o más próxima la desesperación, surgió siempre como luz disipadora de todo peligro, como rocío consolador”. “Nuestra revolución pasa por la ternura, por la alegría que se hace siempre projimidad, que se hace siempre compasión y nos lleva a involucrarnos, para servir, en la vida de los demás. Nuestra fe nos hace salir de casa e ir al encuentro de los otros para compartir gozos y alegrías, esperanzas y frustraciones. Nuestra fe, nos saca de casa para visitar al enfermo, al preso, al que llora y al que sabe también reír con el que ríe, alegrarse con las alegrías de los vecinos. Como María, queremos ser una Iglesia que sirve, que sale de casa, que sale de sus templos, de sus sacristías, para acompañar la vida, sostener la esperanza, ser signo de unidad. Como María, Madre de la Caridad, queremos ser una Iglesia que salga de casa para tender puentes, romper muros, sembrar reconciliación”.

(RC-RV)

Homilía completa del Papa

El Evangelio que escuchamos nos pone de frente al movimiento que genera el Señor cada vez que nos visita: nos saca de casa. Son imágenes que una y otra vez somos invitados a contemplar. La presencia de Dios en nuestra vida nunca nos deja quietos, siempre nos motiva al movimiento. Cuando Dios visita, siempre nos saca de casa. Visitados para visitar, encontrados para encontrar, amados para amar.

Ahí vemos a María, la primera discípula. Una joven quizás de entre 15 y 17 años, que en una aldea de Palestina fue visitada por el Señor anunciándole que sería la madre del Salvador. Lejos de «creérsela» y pensar que todo el pueblo tenía que venir a atenderla o servirla, ella sale de casa y va a servir. Sale a ayudar a su prima Isabel. La alegría que brota de saber que Dios está con nosotros, con nuestro pueblo, despierta el corazón, pone en movimiento nuestras piernas, «nos saca para afuera», nos lleva a compartir la alegría recibida como servicio, como entrega en todas esas situaciones «embarazosas» que nuestros vecinos o parientes puedan estar viviendo. El Evangelio nos dice que María fue de prisa, paso lento pero constante, pasos que saben a dónde van; pasos que no corren para «llegar» rápido o van demasiado despacio como para no «arribar» jamás. Ni agitada ni adormentada, María va con prisa, a acompañar a su prima embarazada en la vejez. María, la primera discípula, visitada ha salido a visitar. Y desde ese primer día ha sido siempre su característica particular. Ha sido la mujer que  visitó a tantos hombres y mujeres, niños y ancianos, jóvenes. Ha sabido visitar y acompañar en las dramáticas gestaciones de muchos de nuestros pueblos; protegió la lucha de todos los que han sufrido por defender los derechos de sus hijos. Y ahora, ella todavía no deja de traernos la Palabra de Vida, su Hijo nuestro Señor.

Estas tierras también fueron visitadas por su maternal presencia. La patria cubana nació y creció al calor de la devoción a la Virgen de la Caridad. «Ella ha dado una forma propia y especial al alma cubana –escribían los Obispos de estas tierras– suscitando los mejores ideales de amor a Dios, a la familia y a la Patria en el corazón de los cubanos».

También lo expresaron sus compatriotas cien años atrás, cuando le pedían al Papa Benedicto XV que declarara a la Virgen de la Caridad Patrona de Cuba, y escribieron:

«Ni las desgracias ni las penurias lograron “apagar” la fe y el amor que nuestro pueblo católico profesa a esa Virgen, sino que, en las mayores vicisitudes de la vida, cuando más cercana estaba la muerte o más próxima la desesperación, surgió siempre como luz disipadora de todo peligro, como rocío consolador…, la visión de esa Virgen bendita, cubana por excelencia… porque así la amaron nuestras madres inolvidables, así la bendicen nuestras esposas».

En este Santuario, que guarda la memoria del santo Pueblo fiel de Dios que camina en Cuba, María es venerada como Madre de la Caridad. Desde aquí Ella custodia nuestras raíces, nuestra identidad, para que no nos perdamos en los caminos de la desesperanza. El alma del pueblo cubano, como acabamos de escuchar, fue forjada entre dolores, penurias que no lograron apagar la fe, esa fe que se mantuvo viva gracias a tantas abuelas que siguieron haciendo posible, en lo cotidiano del hogar, la presencia viva de Dios; la presencia del Padre que libera, fortalece, sana, da coraje y que es refugio seguro y signo de nueva resurrección. Abuelas, madres, y tantos otros que con ternura y cariño fueron signos de visitación, como María, de valentía, de fe para sus nietos, en sus familias. Mantuvieron abierta una hendija pequeña como un grano de mostaza por donde el Espíritu Santo seguía acompañando el palpitar de este pueblo.

Y «cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño» (Evangelii gaudium, 288).

Generación tras generación, día tras día, estamos invitados a renovar nuestra fe. Estamos invitados a vivir la revolución de la ternura como María, Madre de la Caridad. Estamos invitados a «salir de casa», a tener los ojos y el corazón abierto a los demás. Nuestra revolución pasa por la ternura, por la alegría que se hace siempre projimidad, que se hace siempre compasión y nos lleva a involucrarnos, para servir, en la vida de los demás. Nuestra fe nos hace salir de casa e ir al encuentro de los otros para compartir gozos y alegrías, esperanzas y frustraciones. Nuestra fe, nos saca de casa para visitar al enfermo, al preso, al que llora y al que sabe también reír con el que ríe, alegrarse con las alegrías de los vecinos. Como María, queremos ser una Iglesia que sirve, que sale de casa, que sale de sus templos, de sus sacristías, para acompañar la vida, sostener la esperanza, ser signo de unidad. Como María, Madre de la Caridad, queremos ser una Iglesia que salga de casa para tender puentes, romper muros, sembrar reconciliación. Como María, queremos ser una Iglesia que sepa acompañar todas las situaciones «embarazosas» de nuestra gente, comprometidos con la vida, la cultura, la sociedad, no borrándonos sino caminando con nuestros hermanos, todos juntos. Todos siguiendo ayudando, todos hijos de Dos, hijos de María, hijos de esta noble tierra cubana.

Éste es nuestro cobre más precioso, ésta es nuestra mayor riqueza y el mejor legado que podamos dejar: como María, aprender a salir de casa por los senderos de la visitación. Y aprender a orar con María porque su oración es memoriosa, agradecida; es el cántico del Pueblo de Dios que camina en la historia. Es la memoria viva de que Dios va en medio nuestro; es memoria perenne de que Dios ha mirado la humildad de su pueblo, ha auxiliado a su siervo como lo había prometido a nuestros padres y a su descendencia por siempre.

 

REFLEXIONES EN FRONTERA, jesuita Guillermo Ortiz

El horizonte grande de la “Revolución del amor de Dios” es la alegría del Evangelio de Jesús, un nuevo mundo de mejores relaciones entre las personas, los pueblos y con Dios y la tierra. Pero para alcanzarlo hay que vencer la resistencia férrea que ofrecen los sistemas instalados y esclerotizados, en las culturas y sobre todo en la cabeza y el corazón de las personas; disolver la pompa de jabón blindada del imperio del dios dinero. Sobre todo, vencernos a nosotros mismos en la lucha contra la tentación de idolatría, de comodidad, de mundanidad, acosados por los colonialismos ideológicos.

¿Cómo hacen los jóvenes y también los adultos cubanos para pensar que es posible algo distinto? Aunque se levante el embargo, hay que cambiar, pero desde adentro. Y esto es un gran desafío.

“Asuman el reto de ser la dulce esperanza del futuro”, dijo Francisco a los jóvenes de Cuba: “ Un joven que no es capaz de soñar, está clausurado en sí mismo, está cerrado en sí mismo… Soñá que el mundo con vos puede ser distinto. Soñá que si vos ponés lo mejor de vos, vas a ayudar a que ese mundo sea distinto… Y cuenten sus sueños, hablen de las cosas grandes que desean… Si vos pensás distinto que yo, ¿por qué no vamos a hablar? Animarnos a hablar… de aquello que tengo en común con el otro, de aquello para lo cual somos capaces de trabajar juntos”.

Después Francisco hablo de la esperanza que sabe sufrir para llevar adelante un proyecto, sabe sacrificarse por el futuro.

“Vayamos acompañados, encontrados, aunque pensemos distinto, aunque sintamos distinto –concluyó-. Porque hay algo que es superior a nosotros, es la grandeza de nuestro pueblo, es la grandeza de nuestra patria, es esa belleza, esa dulce esperanza de la patria, a la que tenemos que llegar”.

Con Francisco peregrino en salida misionera, desde Cuba para Tu Radio, jesuita Guillermo Ortiz

 

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