Oficio de lectura del Viernes VI de Pascua.

Oficio de lectura
Viernes VI de Pascua.

II semana

INVITATORIO

V. Señor, abre mis labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Ant Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
[Sal 94] ó [Sal 99] ó [Sal 66] ó [Sal 23]

HIMNO

“¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?”
“A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja,
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.”

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en su victoria santa. Amén.

SALMODIA

Ant.1 Señor, no me castigues con cólera.

– Salmo 37-
–I–

Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera;
tus flechas se me han clavado,
tu mano pesa sobre mí;

no hay parte ilesa en mi carne
a causa de tu furor,
no tienen descanso mis huesos
a causa de mis pecados;

mis culpas sobrepasan mi cabeza,
son un peso superior a mis fuerzas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant.1 Señor, no me castigues con cólera.

Ant. 2 Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

–II–

Mis llagas están podridas y supuran
por causa de mi insensatez;
voy encorvado y encogido,
todo el día camino sombrío;

tengo las espaldas ardiendo,
no hay parte ilesa en mi carne;
estoy agotado, deshecho del todo;
rujo con más fuerza que un león.

Señor mío, todas mis ansias están en tu presencia,
no se te ocultan mis gemidos;
siento palpitar mi corazón,
me abandonan las fuerzas,
y me falta hasta la luz de los ojos.

Mis amigos y compañeros se alejan de mí,
mis parientes se quedan a distancia;
me tienden lazos los que atentan contra mí,
los que desean mi daño me amenazan de muerte,
todo el día murmuran traiciones.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2 Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Ant. 3 Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor,
Dios mío.

–III–

Pero yo, como un sordo, no oigo;
como un mudo, no abro la boca;
soy como uno que no oye
y no puede replicar.

En ti, Señor, espero,
y tú me escucharás, Señor, Dios mío;
esto pido: que no se alegren por mi causa,
que, cuando resbale mi pie, no canten triunfo.

Porque yo estoy a punto de caer,
y mi pena no se aparta de mí:
yo confieso mi culpa,
me aflige mi pecado.

Mis enemigos mortales son poderosos,
son muchos los que me aborrecen sin razón,
los que me pagan males por bienes,
los que me atacan cuando procuro el bien.

No me abandones, Señor,
Dios mío, no te quedes lejos;
ven aprisa a socorrerme,
Señor mío, mi salvación.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3 Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor,
Dios mío.

VERSÍCULO

V. En tu resurrección, oh Cristo. Aleluya.
R. El cielo y la tierra se alegran. Aleluya.

PRIMERA LECTURA

De los Hechos de los apóstoles
23, 12-35

En aquellos días, tuvieron un conciliábulo los judíos
y juraron no comer ni beber hasta matar a Pablo. Los
conjurados eran más de cuarenta. Estos hombres se pre-
sentaron a los pontífices y a los ancianos y les dijeron:

«Nos hemos juramentado solemnemente a no probar
bocado hasta matar a Pablo. Ahora, vosotros, de acuer-
do con el Consejo, indicad al tribuno que lo haga com-
parecer en vuestra presencia con el pretexto de exami-
nar más a fondo su causa. Nosotros, por nuestra parte,
estamos preparados para darle muerte antes de que
llegue.»

Pero el hijo de la hermana de Pablo se enteró de este
complot. Se presentó en la fortaleza y se lo comunicó a
Pablo. Pablo llamó en seguida a un centurión y le dijo:

«Lleva a este joven al tribuno, porque tiene algo que
comunicarle.»

Lo tomó, pues, el centurión y lo llevó al tribuno, di-
ciéndole:

«El preso Pablo me ha llamado y me ha rogado que
te traiga a este joven, pues tiene algo que comunicarte.»

El tribuno lo tomó de la mano, se retiró aparte y le
preguntó:

«¿Qué es lo que tienes que comunicarme?»

Él contestó:

«Los judíos se han puesto de acuerdo para pedirte
que hagas comparecer mañana a Pablo ante el Consejo
de ancianos con el pretexto de examinar más a fondo
su causa. No los creas. Porque se han conjurado contra
él más de cuarenta hombres de entre ellos, y se han
juramentado bajo anatema a no comer ni beber hasta
matarlo. Ahora están preparados, aguardando tu respues-
ta favorable.»

El tribuno despidió al joven con este aviso:

«No digas a nadie que me has revelado este asunto.»

Llamó en seguida a dos centinelas, y les dio esta
orden:

«Preparad doscientos soldados para que marchen a
Cesárea a las nueve de la noche; y también setenta jine-
tes y doscientos lanceros. Además, aparejad cabalgadu-
ras para que, montado y sin peligro, lleven a Pablo
hasta el procurador Félix.»

Y escribió una carta en estos términos:

«Claudio Lisias saluda al excelentísimo procurador
Félix. Te envío aquí a este hombre, que ha sido arres-
tado por los judíos y ha estado a punto de ser muerto
por ellos. Yo lo he sacado del peligro, acudiendo con la
tropa, al enterarme de que era un ciudadano romano.

He querido saber el crimen de que lo acusan, y lo he
hecho comparecer ante el Consejo. Me he encontrado
con que lo acusan de cuestiones referentes a su ley,
pero no ha cometido delito alguno que merezca la muer-
te o la prisión. Enterado de las asechanzas que prepa-
raban contra este hombre, he resuelto al punto enviár-
telo, intimando también a los acusadores a que expon-
gan su demanda en tu tribunal.»

Los soldados, conforme a las órdenes recibidas, toma-
ron consigo a Pablo y lo condujeron de noche a Antí-
patris; y después, al otro día, dejando a los jinetes que
fuesen escoltando a Pablo, se volvieron a su cuartel. Los
jinetes, una vez llegados a Cesárea, entregaron la carta
al procurador y dejaron en su poder a Pablo. Después
que leyó la carta, el procurador se informó de qué pro-
vincia era y, al saber que era de Cilicia, dijo:

«Te tomaré declaración cuando se presenten tus acu-
sadores.»

Y dio orden de que guardasen a Pablo en el palacio
de Heredes.

Responsorio

R. Cuando os hagan comparecer ante gobernadores y
reyes, no os preocupéis de lo que vais a decir o de
cómo lo diréis. * En su momento se os sugerirá lo
que tenéis que decir. Aleluya.

V. No seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de
vuestro Padre hablará por vosotros.

R. En su momento se os sugerirá lo que tenéis que
decir. Aleluya.

SEGUNDA LECTURA

De los Tratados de san Agustín, obispo, sobre el evan-
gelio de san Juan

La Iglesia sabe de dos vidas, ambas anunciadas y re-
comendadas por el Señor; de ellas, una se desenvuelve
en la fe, la otra en la visión; una durante el tiempo de
nuestra peregrinación, la otra en las moradas eternas;
una en medio de la fatiga, la otra en el descanso; una
en el camino, la otra en la patria; una en el esfuerzo
de la actividad, la otra en el premio de la contempla-
ción.

La primera vida es significada por el apóstol Pedro,
la segunda por el apóstol Juan. La primera se desarrolla
toda ella aquí, hasta el fin de este mundo, que es cuando
terminará; la segunda se inicia oscuramente en este
mundo, pero su perfección se aplaza hasta el fin de él, y
en el mundo futuro no tendrá fin. Por eso se le dice a
Pedro: Sigúeme; en cambio de Juan se dice: Si yo quie-
ro que él permanezca así hasta mi venida, ¿a ti qué? Tú,
sigúeme. «Tú, sigúeme por la imitación en soportar las
dificultades de esta vida; él, que permanezca así hasta
mi venida para otorgar mis bienes.» Lo cual puede expli-
carse más claramente así: «Sígame una actuación per-
fecta, impregnada del ejemplo de mi pasión; pero la con-
templación incoada permanezca así hasta mi venida para
perfeccionarla.»

El seguimiento de Cristo consiste, pues, en una amo-
rosa y perfecta constancia en el sufrimiento, capaz de
llegar hasta la muerte; la sabiduría, en cambio, perma-
necerá así, en estado de perfeccionamiento, hasta que
venga Cristo para llevarla a su plenitud. Aquí, en efecto,
hemos de tolerar los males de este mundo en el país
de los mortales; allá, en cambio, contemplaremos los
bienes del Señor en el país de la vida.

Aquellas palabras de Cristo: Si yo quiero que él per-
manezca así hasta mi venida no debemos entenderlas en
el sentido de permanecer hasta el fin o de permanecer
siempre igual, sino en el sentido de esperar; pues lo que
Juan representa no alcanza ahora su plenitud, sino que
la alcanzará con la venida de Cristo. En cambio, lo que
representa Pedro, a quien el’ Señor dijo: Tú, sigúeme,
hay que ponerlo ahora por obra, para alcanzar lo que
esperamos. Pero nadie separe lo que significan estos dos
apóstoles, ya que ambos estaban incluidos en lo que
significaba Pedro y ambos estarían después incluidos en
lo que significaba Juan. El seguimiento del uno y la per-
manencia del otro eran un signo. Uno y otro, creyendo,
toleraban los males de esta vida presente; uno y otro,
esperando, confiaban alcanzar los bienes de la vida fu-
tura.

Y no sólo ellos, sino que toda la santa Iglesia, esposa
de Cristo, hace lo mismo, luchando con las tentaciones
presentes, para alcanzar la felicidad futura. Pedro y
Juan fueron, cada uno, figura de cada una de estas dos
vidas. Pero uno y otro caminaron por la fe, en la vida
presente; uno y otro habían de gozar para siempre de
la visión, en la vida futura.

Por esto, Pedro, el primero de los apóstoles, recibió
las llaves del reino de los cielos, con el poder de atar
y desatar los pecados, para que fuese el piloto de todos
los santos, unidos inseparablemente al cuerpo de Cristo,
en medio de las tempestades de esta vida; y, por esto,
Juan, el evangelista, se reclinó sobre el pecho de Cristo,
para significar el tranquilo puerto de aquella vida arcana.

En efecto, no sólo Pedro, sino toda la Iglesia ata y
desata los pecados. Ni fue sólo Juan quien bebió, en la
fuente del pecho del Señor, para enseñarla con su pre-
dicación, la doctrina acerca de la Palabra que existía en
el principio y estaba en Dios y era Dios -y lo demás
acerca de la divinidad de Cristo, y aquellas cosas tan
sublimes acerca de la trinidad y unidad de Dios, ver-
dades todas estas que contemplaremos cara a cara en
el reino, pero que ahora, hasta que venga el Señor, las
tenemos que mirar como en un espejo y oscuramente-,
sino que el Señor en persona difundió por toda la tierra
este mismo Evangelio, para que todos bebiesen de él,
cada uno según su capacidad.

Responsorio

R. El Dios de toda gracia, que os ha llamado a su eter-
na gloria en Cristo Jesús, * tras un breve padecer,
él mismo os restablecerá, os afianzará y os robuste-
cerá. Aleluya.

V. Aquel que resucitó a Jesús nos resucitará también
a nosotros con Jesús.

R. Tras un breve padecer, él mismo os restablecerá,
os afianzará y os robustecerá. Aleluya.

ORACIÓN.

Oremos:
Escucha, Señor, nuestra oración y haz que mendian-
te la predicación del Evangelio llegue a ser realidad
en todo el mundo la salvación inaugurada en la glo-
rificación de tu Hijo, y que todos los hombres al
cancen la adopción filial que él anunció con su pa-
labra de verdad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu
Hijo.

CONCLUSIÓN.

V. Bendigamos al Señor.
R, Demos gracias a Dios.

a través de Oficio de lectura del Viernes VI de Pascua.

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Acerca de JESÚS ANTONIO

"Me afecta cualquier amenaza contra el hombre, contra la familia y la nación. Amenazas que tienen siempre su origen en nuestra debilidad humana, en la forma superficial de considerar la vida". SAN JUAN PABLO II

Publicado el 6 mayo, 2016 en El Blog de Jesús Clara, Oficio Divino - Liturgia de las Horas y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Comentarios desactivados en Oficio de lectura del Viernes VI de Pascua..

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